martes, 27 de septiembre de 2011

LOS FALSOS OBISPOS: UNA PLAGA SOCIAL



El universo de las religiones está lleno de impostores: de sujetos que con propósitos retorcidos fingen ser lo que no son, aparentando ejercer ministerios y oficios a los cuales no han tenido acceso. En  nuestro tiempo hay por lo menos veinte bufones —unos en Europa y otros en Norteamérica— que "disputan" a Benedicto XVI el supremo pontificado, y en numerosos países se cuentan por docenas los obispos de mentirijillas.

Colombia es uno de esos países. Ahora muchas sectas criollas pertenecientes al inframundo religioso están encabezadas por sujetos de oscura procedencia que se presentan como obispos, afirman haber recibido su consagración episcopal en iglesias y comunidades eclesiales de diverso origen, reclaman el trato de monseñor y  andan por la calle con camisa morada (o carmesí), anillo prelaticio y cruz pectoral. Algunos de ellos, para pescar en río revuelto y subirse al coche de la respetabilidad, apoyan la campaña católica contra el aborto y el matrimonio entre parejas del mismo sexo.

Si usted se toma el trabajo de hacer un recorrido por Internet, encontrará que en nuestro país tenemos una amplia colección de jerarcas coptos, ortodoxos (rusos, bielorrusos, ucranianos y griegos), anglicanos, veterocatólicos y protestantes cuya autenticidad es insostenible. Entre esos funambulescos  personajes abundan los pícaros redomados, pero el artículo 19 de la Constitución les garantiza una amplia libertad de movimientos. Las autoridades civiles carecen de cualquier competencia para intervenir en el funcionamiento de los cuerpos religiosos, y no pueden impugnar la validez de las funciones que dentro de ellos se ejercen.

El Código Penal colombiano tipifica el delito de estafa, que se comete cuando una persona obtiene provecho ilícito con perjuicio ajeno,  al inducir o mantener a otra persona en error por medio de artificios o engaños. Muchos de los falsos obispos que actúan en nuestro país no son sino vulgares timadores. De ello pueden dar lastimoso testimonio no pocos incautos que perdieron sumas de dinero después de ser burlados por la histriónica actividad de los pretendidos monseñores.

Tampoco faltan entre los obispos simulados malandrines que obran como depredadores sexuales entre sus feligreses. Los periódicos han dado  cuenta de los abusos contra niños, adolescentes y mujeres de toda edad cometidos por los farsantes que, como fingidos sucesores de los apóstoles, se instalan  en barrios donde habita la población más pobre.

Algunos de los seudo obispos engañan, incluso a los legítimos portadores del episcopado, acudiendo a ceremonias celebradas en el marco de la actividad ecuménica. Hay fotografías que captan a varios de esos bellacos alternando con prelados genuinos, imágenes utilizadas por los avispados sectarios  para engatusar y confundir.

Los obispos hechizos son una plaga social. No deben ser mirados como inofensivos  bovaristas religiosos, sino como comparsas de un carnaval malévolo cuyos participantes explotan la ignorancia y la credulidad. Pertenecen a la despreciable familia de los embaucadores, se pasean por el Código Penal y en la mayor parte de los casos eluden el juzgamiento y la condena. Me pregunto si no ha llegado la hora de que el legislador colombiano se decida a regular con mayor severidad el registro de confesiones religiosas a cargo del Ministerio del Interior, con el fin de impedir los abusos que en la organización de aquéllas se están presentando.

Hay que desenmascarar a los obispos apócrifos.
Tenemos un caso reciente en Perú un falso obispito llamado Juan Ernesto Friarte sigue engañando, estafando al pueblo sencillo peruano e incluso con atrevimiento y majadería calumnian a sus verdaderos pastores... no se dejen engañar.
Mario Madrid-malo

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